En la actualidad, cuando hablamos de vampiros nos pueden venir a la mente diversas imágenes, muy probablemente asociadas al cine, a la literatura o a los videojuegos. Desde la clásica figura de Drácula creada por Bram Stoker –y reproducida en numerosas adaptaciones en la pantalla grande– hasta los contemporáneos personajes de Bella y Edward de la saga de Crepúsculo, pasando por mundos como el del videojuego Castlevania, la representación de los muertos vivos que se alimentan de sangre humana continúa siendo un sustento para la escritura de ficción con una enorme base de fanáticos y que siguen alimentando y reinventando al monstruo. Originado como un mito literario en el siglo XVIII que escapaba a las fronteras de la razón con un halo de erotismo y terror, hoy podemos encontrar personajes vampiros con los que empatizamos y nos enamoramos, bandas que llevan su nombre e incluso comunidades que se piensan a sí mismas como vampíricas. Pero, ¿de dónde surge esta creencia? y la pregunta que nos interesa para esta revista, ¿cuándo y cómo llegó al Río de la Plata?
Las leyendas y los relatos de muertos que caminaban entre los vivos pueden rastrearse desde mucho tiempo atrás y en distintas regiones del mundo. Sólo para retomar lo que podríamos considerar como Occidente, mencionaremos que la Grecia clásica definió como vrykolakas a los cuerpos que se levantaban de su tumba para volver a los lugares donde habían vivido, y a las lamias como seres mitad vampiros y mitad mujeres que desenterraban a los difuntos y comían su carne hasta que solo quedaran los huesos. En la Roma antigua encontramos la figura de strix, pájaros vampiros que se creía que eran la reencarnación de personas maléficas, y que por la noche sobrevolaban las cunas de niños y succionaban su sangre. Pero es a partir de los siglos XVIII y XIX cuando la imagen que tenemos hoy en día comienza a consolidarse y reproducirse en el mundo.
Estos siglos fueron momentos de transformación global. Las revoluciones políticas y tecnológicas llevaron adelante un proceso de consolidación del capitalismo industrial que reordenó las sociedades a partir del avance de la técnica, con un fuerte proceso de secularización en las creencias. Se produjo, para estos años, un “desencantamiento del mundo”, al decir de Max Weber.[1] En ese contexto, la centralidad de la razón en la cosmovisión del mundo llevó a la búsqueda de extirpar todo tipo de prácticas y costumbres sobrenaturales, ligadas a la barbarie y el salvajismo propios de una sociedad irracional, que estos pensadores encontraban en los sectores marginales de Europa, con un fuerte peso en la región balcánica. La brujería, la magia, e incluso el poder divino de los reyes fue duramente cuestionado por los pensadores de la ilustración y el racionalismo. Los vampiros, y todas las prácticas que los rodeaban, no escaparon a este cambio de paradigma.
Un monje benedictino francés, Augustine Calmet, fue el encargado de teorizar y escribir, en 1746, el Traité sur les Apparitions des Esprits, et sur les Vampires, ou les Revenans de Hongrie, de Moravie, &c. Este tratado fue central para la configuración de la imagen literaria del vampiro que conocemos hoy en día. En su obra, se buscaban esclarecer hechos reales del fenómeno vampírico, intentando explicar qué era esa criatura y clasificarla dentro de su perspectiva cristiana. Por esto, argumentaba que la creencia provenía de la superstición y las alucinaciones de pueblos poco instruidos. Sin embargo, la popularidad de esta obra llevaría a que este mito ancestral se volviera masivo en los grupos lectores de la época.
Para el siglo XIX, los escritores románticos retomaron esta figura y la convirtieron en un género literario en sí mismo. John Polidori publicó en 1819 su obra El Vampiro que, un año después, sería llevada a los teatros londinenses por James Robinson Planché; Goethe escribió La novia de Corinto, en donde narraba las prácticas vampíricas de dos amantes. Estas obras inspiraron el libreto de la ópera Der Vampyr de Heinrich Marschener; Victor Hugo escribió el relato El murciélago y Theophile Gautier publicó su famoso texto La muerta enamorada en 1836. El gótico en la literatura se expandía y el vampirismo se convertía en una moda entre escritores y artistas. En este universo de ideas, los vampiros llegaron a Buenos Aires.
Durante las décadas de 1820 y 1830, una nueva generación de lectores estaba creándose en el Río de la Plata. A partir del arribo del romanticismo a las librerías porteñas y a los salones literarios porteños, Walter Scott, Alexander Dumas, Goethe y Victor Hugo se convirtieron en fuente de inspiración para unos jóvenes Esteban Echeverría, José Rivera Indarte, José Mármol, Andrés Lamas, Domingo F. Sarmiento, entre otros autores fundantes de la literatura argentina dentro de la llamada “Generación del 37”.
Esta influencia europea resultó central para la construcción de los imaginarios que pensaron la Argentina del siglo XIX. Quizás el mayor exponente lo podemos encontrar en la importada dicotomía de civilización/barbarie que, al día de hoy, sigue siendo utilizado para interpretar la realidad del país. Pero para los jóvenes románticos rioplatenses, la barbarie no fue únicamente un elemento literario para narrar ficciones. Las imágenes del terror y el salvajismo dominaron los textos políticos que buscaron polemizar la realidad del “momento Rosas”: la campaña, el despotismo, las montoneras y el caudillismo se mezclaron con el imaginario de terror creado en Europa. Juan Manuel de Rosas se convirtió, para estos autores, en el producto más sofisticado de la barbarie que inició con la revolución. Desde Sarmiento, caracterizando a los caudillos como jefes asiáticos y a las montoneras como “hordas de beduinos” (seducido por las fantasías orientalistas de la época), hasta Echeverría, inaugurando la literatura argentina con la historia de El Matadero, la violencia brutal y extrema de los federales fue la marca que imprimieron los románticos rioplatenses en el relato político de los años treinta y cuarenta y que se convirtió en un género en sí mismo en obras posteriores como las de Eduardo Gutiérrez.
Con una sociedad adaptándose a nuevas costumbres, la prensa se instaló como un motor para amplificar ideas e imaginarios. Los tiempos de Rosas marcaron el ritmo de muchos publicistas y escritores que dieron rienda suelta a su imaginación para caracterizar a sus enemigos federales. Es acá donde la metáfora vampírica se hace presente.
Entre 1838 y 1842 la represión rosista aumentó notoriamente. Las diferentes oposiciones a las que tuvo que enfrentarse el gobierno de Buenos Aires impulsaron un recrudecimiento de la violencia y de las persecuciones políticas, obligando a llevar al exilio a gran parte de la oposición. En ese contexto se produjeron algunas de las imágenes que permiten ver con mayor claridad la influencia de la narrativa romántica del vampiro. Los periódicos Muera Rosas! y El Grito Arjentino, publicados en Montevideo, fueron sumamente estridentes con sus representaciones. Monstruos, demonios, sangre, animales, cráneos eran evocados constantemente como figuras retóricas y metáforas gráficas para denunciar las prácticas de Rosas y sus aliados. El número once del primero de los mencionados describe la rutina diaria del Restaurador:
“El gran Rosas no gusta de la luz: su retina es tan impresionable, como la lámina del daguerrotipo. Todo lo que es luz no entra en su reino de tinieblas. Vigila durante la noche, como el Ángel de los Sepulcros; o menos poéticamente hablando como la lechuza o el ñacarutú: y su presencia en la noche augura, para Buenos Aires, cadáveres y sangre en el día siguiente”.
Los desterrados constantemente abonaron la idea de un Rosas como un ente inhumano encerrado en su quinta de Palermo y sin exponerse a la multitud.
En un plano visual podemos ver la lámina del último número del mismo periódico, en donde encontramos una de las imágenes más icónicas del discurso antirrosista. Allí vemos a Manuel Oribe, con su traje militar, bebiendo la sangre de sus enemigos junto a Rosas, en una escena donde los cuerpos desmembrados, los monstruos, las armas y la cotidianeidad configuran un imaginario propio con un mensaje claro: denunciar la represión rosista y las prácticas extremas de los federales.
Así, la generación romántica utilizó las metáforas literarias como arma para combatir la barbarie política que asimilaban en la figura de Rosas y sus seguidores. Para esto, se valieron de los recursos de la literatura europea en boga durante la primera mitad del siglo XIX para dar forma y sentido a la realidad que ellos mismos buscaban interpretar y combatir. En ese contexto, los elementos típicos del vampirismo creados por Calmet y recuperados en el siglo XIX tuvieron su versión rioplatense reflejados en la realidad política argentina. Quizás estas imágenes nos puedan ayudar a rastrear a los primeros vampiros hispanoamericanos; pero quizás también nos sirvan para pensar en lo miedos y en los terrores que experimentaban los hombres y las mujeres de la primera mitad del XIX, tiempos en donde la guerra y la violencia fue moneda corriente, y la imaginación podía despertar monstruos.
Referencias bibliográficas
Ferro, Gabriel. Barbarie y civilización. Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas. Marea Editorial, 2016.
University
of California HathiTrust. Lords of “Suckosity”: A Tour of Nineteenth-Century
Vampires in British Literature.
URL: https://help.hathitrust.universityofcalifornia.edu/support/solutions/articles/9000246923-lords-of-suckosity-a-tour-of-nineteenth-century-vampires-in-british-literature