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La carta del prisionero. José de Rivadeneyra y el fracaso de la paz española en América, 1820

"La fuerza de las bayonetas y la magia de la persuasión”. Así resumió José de Rivadeneyra y Tejada las dos únicas opciones que tenía España para salvar su imperio americano. Lo escribió el 22 de abril de 1820, desde Barcelona, en una carta dirigida al ministro de Ultramar. Acababa de salir de la prisión de Canaletas por el pueblo de la ciudad, arrastrado por la marea del nuevo orden constitucional que el pronunciamiento del coronel Rafael del Riego había desatado en enero. Llevaba once años encerrado, condenado por conspirar a favor de la independencia de América. Sus bienes habían sido embargados. Había pasado por varias cárceles, la primera de ellas el presidio de las Cuatro Torres, en el Arsenal de la Carraca, junto a Cádiz.

Juramento de las tropas de la guarnición de Madrid a la Constitución, 10 de marzo de 1820, Anónimo (grabado del siglo XIX)

Tenía razones para guardar silencio, embarcar hacia su tierra y olvidar a la corona que lo había encerrado. En cambio, escribió al ministro de Ultramar para ofrecerle una solución al problema más urgente del nuevo gobierno liberal español: ¿Cómo terminar la guerra en América? La carta no cambió nada. Nadie respondió. Poco tiempo después, Rivadeneyra se embarcó hacia el Perú y terminó alistándose en el Ejército Libertador que combatía a esa misma monarquía que intentó ayudar. Pero la misiva que dejó dice más sobre las contradicciones del proyecto español de paz que muchos expedientes oficiales de la época.

El presidio donde coincidieron

El Arsenal de la Carraca no era una prisión cualquiera. En sus celdas coincidían, durante los años más turbulentos de la guerra contra Napoleón Bonaparte y los movimientos independentistas, hombres de orígenes muy distintos a quienes la corona consideraba igualmente peligrosos. Entre ellos estuvo Francisco de Miranda. El caraqueño que había combatido en la Revolución norteamericana, servido en los ejércitos de la Revolución francesa y soñado durante décadas con una América libre y soberana, llegó al penal de las Cuatro Torres en enero de 1814, traído encadenado desde Venezuela. Allí moriría el 14 de julio de 1816, solo y enfermo, sin que nadie pudiera —o quisiera— sacarlo. Sus restos fueron enterrados en una fosa común.

Rivadeneyra lo menciona en su carta. Conoció a Miranda en la Carraca. No dice más. Pero la mención no es casual, es el gesto de quien señala que sabe de qué está hablando, que ha compartido el mismo espacio con el caraqueño universal. En 1896, el pintor venezolano Arturo Michelena retrató a Miranda tendido en su camastro miserable, rodeado de libros, con una expresión de melancolía serena. El cuadro captura la derrota de un hombre que no vivió para ver consumada la emancipación por la que tanto soñó y luchó. Lo que no muestra es al otro prisionero, el que salió después, el que escribió una carta que nadie leyó y cruzó el Atlántico para pelear en el bando republicano que Miranda había ayudado a crear.

Miranda en La Carraca, de Arturo Michelen, 1896, Óleo sobre tela, 196,6 × 245,5 cm, Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela.

La paz que no cedía lo esencial

En 1820, el nuevo gobierno liberal español apostó por la negociación como alternativa a la prolongada guerra. Diseñó instrucciones reservadas para comisionados que viajarían a América a persuadir a los líderes insurgentes de aceptar la Constitución gaditana de 1812. La propuesta era sofisticada en sus capas. Primero la adhesión constitucional, luego la conservación de rangos militares, después rentas vitalicias para los jefes más influyentes si todo lo anterior fallaba. La paz como negociación gradual que empezaba en la persuasión y terminaba, si hacía falta, en el soborno.

España no reconocería la independencia de América. Todo lo que ofrecía era reintegración bajo su soberanía. Los representantes americanos ya no concebían ningún acuerdo que no partiera de ese reconocimiento previo. La negociación era una trampa. Simón Bolívar era terminante. Primero el reconocimiento, luego la negociación. La paz española y la paz americana llevaban el mismo nombre, pero designaban cosas irreconciliables.

Jura de la Constitución por Fernando VII, 1820, Anónimo (grabado del siglo XIX) 

Rivadeneyra lo veía con claridad. Una proclama real es una “escritura muerta”, incapaz de responder en tiempo real a las objeciones que los disidentes le opondrían. Hacía falta comisionados mixtos, peninsulares y americanos, personas que conocieran el terreno y tuvieran credibilidad allí, en la zona de conflicto. Propuesta que coincidía en lo elemental con lo que el Consejo de Estado debatía, pero que lo contradecía en lo decisivo. La máxima autoridad consultiva del rey Fernando VII excluía expresamente a cualquier americano de las misiones de pacificación. Rivadeneyra proponía lo contrario. Los dos invocaban el mismo propósito y llegaban a conclusiones opuestas.

El gobierno no respondió. Enviaron a marinos sin experiencia política, hombres de mar que intentaron excusarse del nombramiento alegando que el encargo era “espinoso” y ajeno a su profesión. Cuando llegaron a Venezuela en diciembre de 1820, los Tratados de Trujillo ya se habían firmado sin ellos. La misión quedó sin objeto antes de comenzar.

La lógica de un fracaso

El silencio ante la propuesta de Rivadeneyra no fue un descuido burocrático. Fue una respuesta en sí misma. El sistema de selección excluía de antemano al tipo de persona que tal vez podría haber hecho funcionar el proyecto. Un comerciante peruano recién liberado de once años de prisión por conspirar contra la monarquía no encajaba en el perfil, aunque su diagnóstico fuera certero. Quienes más sabían eran los más escépticos. Abad y Queipo, que había vivido cuarenta años en Michoacán, declaró no conocer a nadie capaz de cumplir la misión de alcanzar la paz con la disidencia americana. El general Pablo Morillo respondió igual. El jurista Canel Acevedo escribió que los pacificadores harían “bien poco o nada”. Y sin embargo, el gobierno liberal español siguió adelante.

Lo que el expediente de Rivadeneyra revela es que el proyecto español de paz tenía una contradicción que ningún ajuste técnico podía resolver. Proclamaba buena fe mientras prescribía el disimulo como método; ofrecía generosidad sin ceder lo único que los americanos consideraban no negociable. Cuando en noviembre de 1821 el Consejo de Estado debatía de nuevo cómo salvar América, el consejero Gabriel Císcar llegó a proponer la constitución de Estados independientes federados con España. El dictamen general ignoró su voto. Lo que algunos podían pensar no podía enunciarse como política oficial.

Retrato de Simón Bolívar, de José Gil de Castro, óleo sobre tela, ca. 1823.

Rivadeneyra embarcó, llegó al Perú, se alistó en el Ejército Libertador. Su trayectoria no es ironía de un traidor a la corona sino la consecuencia de un fracaso que no fue suyo. El sistema liberal que lo ignoró aceleró, sin saberlo, el proceso que pretendía detener.

Hay algo que permanece en esta historia más allá de sus protagonistas. Los imperios en crisis rara vez se hunden por falta de ideas. Con frecuencia lo hacen porque sus propias estructuras les impiden escuchar a quienes, desde los márgenes, ven con más claridad lo que está ocurriendo. Rivadeneyra lo vio. Nadie le respondió. La carta del prisionero quedó archivada, y la paz que tanto se buscó no llegó por la vía que Madrid había diseñado sino por la que Bolívar y sus compañeros habían insistido desde el principio. Como siempre, el orden de las cosas importa.

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*Ángel Rafael Almarza Villalobos es doctor en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México y profesor-investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y académico correspondiente de la Academia Colombiana de Historia. Coordinador de la Maestría en Enseñanza de la Historia, de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Podés seguirlo en Instagram: https://www.instagram.com/angelalmarza/ y en X: https://x.com/angelalmarza