Retrato de San Martín por José Gil de Castro (1818). Museo Histórico Nacional.
Como sabemos, el actual gobierno argentino recurre a la difusión de videos en las redes sociales en fechas patrias de manera poco inocente. Las producciones de los 24 de marzo son las más brutales en este sentido, pero tampoco deja pasar la oportunidad que se presenta en fechas como el 12 de octubre o, incluso, la conmemoración de San Martín. En un video corto subido a la cuenta de la Casa Rosada, y en la voz del historiador Dr. Hernán Cornut, un coronel mayor que fue designado como director del Instituto Nacional Sanmartiniano, se esboza un perfil del prócer donde se destacan dos rasgos. El primero apunta al “amor por la libertad”, cuestión que no da lugar a demasiado debate. Pero el segundo punto celebrado es que “nunca se entrometió en la gestión de cómo llevaban adelante los procesos políticos” (sic). No es del todo claro si el video responde a un recorte que tergiversa a Cornut, pero vale la pena una breve reflexión sobre esta afirmación.
El hecho de que, como añade Cornut, San Martín fuera un “libertador” y no un “conquistador” –con lo cual estoy de acuerdo– no significa que no se entrometiera en los asuntos de gobierno por dos factores sobre los cuales interesa ahondar: por un lado, la propia carrera de San Martín; por el otro, lo que entendemos por una “no intromisión” en asuntos políticos.
Sobre el primer punto, un breve repaso por el derrotero del padre de la patria desde que pisó el Río de la Plata da cuenta de que estaba lejísimos de ser indiferente a lo que pasaba en la esfera política de la revolución. Al poco tiempo de desembarcar, San Martín, junto con otros oficiales, impulsaron la remoción del gobierno del primer Triunvirato a través de un levantamiento. En términos modernos se lo calificaría como un “golpe” efectuado por militares y miembros de la Logia Lautaro, aunque debemos enmarcarlo en su momento: desde 1810, la revolución y las armas iban de la mano y la remoción de un gobierno por la movilización armada y el fervor popular eran asunto corriente. Pero sea como sea, lo cierto es que no se puede dudar de la intervención directa de San Martín en ese proceso, al punto tal que su injerencia figura en las actas del Cabildo que sesionó para constituir un nuevo Triunvirato, mucho más radical y afín a los lineamientos de la logia que integraba.
Los años que siguieron no tuvieron a San Martín alejado de la política. Tras conducir brevemente al Ejército Auxiliar del Perú, se instaló en Mendoza donde forjó el Ejército de los Andes, para lo cual fue designado gobernador de Cuyo. Su gestión de gobierno estuvo al servicio de la guerra y la construcción de su fuerza armada, pero eso no significa que estuviera ajeno a la conducción política del espacio. De hecho, tras renunciar a la gobernación por estar enfrentado al gobierno directorial de Carlos María de Alvear, fue reelegido en un Cabildo Abierto del pueblo mendocino y, poco tiempo después, celebró “la destrucción del tirano Gobierno de la Capital”, en alusión a Alvear, su compañero en la logia y acérrimo rival.[1] Bastante activo para tratarse de alguien prescindente en los asuntos políticos. Por supuesto que no debemos pasarnos de la raya, como en algún momento se intentó hacer con San Martín, y desmilitarizarlo dando a entender que su gestión en Cuyo se centró en impulsar la industria del vino y gravar la riqueza. Su foco siempre estuvo colocado en la guerra y en construir una tropa para cruzar los Andes, pero para esto era necesario hacer política y, si hacía falta, intervenir más allá de su región. Su plan continental, incluso, lo llevó a romper con el gobierno de las Provincias Unidas hacia el final de la década, cuando desobedeció la orden de retornar con sus hombres para enfrentar los levantamientos del litoral, cuestión que le granjeó la enemistad de un sector de la élite porteña.
Sus posicionamientos políticos se hicieron también evidentes en 1816, cuando se reunió el Congreso en Tucumán. Allí estaba Tomás Godoy Cruz, representante de Mendoza quien mantenía frecuente contacto con San Martín y llevaba la voz del gobernador, que –como sabemos– fue uno de los grandes impulsores de la independencia, en parte porque la consideraba necesaria para pasar a Chile y llevar adelante la guerra de liberación. En el mismo Congreso, además, no dudó en apoyar el proyecto de coronar un rey para estas tierras, idea que también era promovida por Belgrano.
Es cierto que, una vez en territorio trasandino, San Martín y el Ejército de los Andes fueron libertadores. En efecto, era importante para ellos mismos no ser considerados como conquistadores. Sin embargo, esto no significa que fuera totalmente ajeno a los asuntos de gobierno, pues la vinculación con Bernardo de O’Higgins –impulsado por San Martín para gobernar el nuevo espacio liberado– fue fluida, sobre todo porque dependía de su gobierno y sus recursos para preparar la incursión por mar hacia Perú. Incluso la estrecha cercanía entre ambos dio lugar a que sus rivales políticos lo retrataran como el tirano de Chile que dominaba a un sometido O’Higgins.
Caricatura de San Martín, O'Higgins, Pueyrredon y Tagle (c. 1819). Museo Histórico Nacional.
Tras arribar a Perú y finalmente ingresar a Lima, donde se declaró la independencia, San Martín se instaló en el palacio de los virreyes y asumió como Protector del Perú. Desde allí condujo al gobierno con la premisa de evitar la fragmentación territorial, cuestión que se estaba experimentando en su tierra natal. Para eso, constituyó un gobierno central fuerte pero que bregaba por las libertades civiles. Si bien su administración era provisional, esto no significaba un desinterés por gobernar, cuestión que llevó adelante con un gabinete de ministros (entre los cuales estaba Bernardo de Monteagudo), una batería de decretos, reglamentos y normativas y un fuerte respaldo del ejército. De hecho, al poco tiempo de asumir, impulsó cambios radicales como la abolición de la mita y el tributo, la libertad de vientres, la de imprenta o la imposición de contribuciones a peninsulares y eclesiásticos.
Como se puede advertir hasta acá, la afirmación de que no intervenía en asuntos políticos cae por su propio peso. Incluso si queremos ceñir su prescindencia a lo acontecido en Chile y Perú, la aseveración sigue siendo inexacta. Algo similar se advierte en un (a mi gusto excelente) corto del programa Otro Día Perdido (Canal 13), realizado con inteligencia artificial, donde se reconstruye la vida del prócer y se destaca que liberó tres países, pero no gobernó ninguno.
Proclamación de la Independencia del Perú, por Juan Lepiani (1904). Museo Nacional del Perú.
Pero me interesa, para concluir, referir al segundo punto: ¿qué entendemos por la “no intromisión”? Aquí se pone en juego la premeditada concepción de considerar como algo positivo que San Martín se limitara a ser un comandante antes que un político, ciertamente en línea con una (falsa) diatriba antipolítica. Siguiendo esa lógica, lo ejemplar de San Martín no serían sus convicciones ni su legado, sino que fue un brillante comandante militar que, desinteresado por la política, se limitó a obedecer un secreto designio de Dios y terminó liberando medio continente.
Por supuesto que aquello carece de todo sentido. Incluso si ignoráramos todo lo descrito antes sobre la activa intervención en el Río de la Plata, Chile y Perú, el simple hecho de renunciar a todo en la península para retornar a su patria con el fin de hacer (y comandar) la guerra en medio de una revolución es un acto político como pocos. Renegar del perfil militar –incluso de la faceta conservadora o monarquista– de unos de los padres de la patria es tan ahistórico como ignorar su intervención, sus contradicciones y, sobre todo, su legado político.