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Belgrano y Trímboli, un prócer inabarcable para un pensador incómodo

Empecé a escribir a mediados de enero, sin prisa pero ansioso por poner en el papel lo que venía pensando desde hacía meses. El problema es que la escritura no me fluía, todavía sentía el cansancio del año que acababa de terminar y me costaba concentrarme. Como en otras ocasiones en que transité por estados de ánimo similares, busqué auxilio en aquellos que me gusta leer, o releer en este caso, ya que tomé de la biblioteca Mil novecientos cuatro, por el camino de Bialet Massé. Pero lo que fue una elección que pretendía alejarme de lo que estaba intentando poner en un Word para ganar perspectiva, terminó adentrándome más en aquello que me tiene atrapado desde hace meses: Manuel Belgrano.


Siempre me llamó la atención la forma particular en la que Javier Trímboli había escrito sobre Belgrano. En realidad, me parece que tenía una rara capacidad para armar perfiles biográficos. Sus textos, en general, no eran necesariamente celebratorios ni tampoco críticos del personaje en cuestión. Quizás donde más se note esto sea en su producción sobre Sarmiento, en la cual se puede ver una compleja combinación de admiración y crítica ácida en calculadas dosis. Pero volvamos a Belgrano, al Belgrano de Trímboli y a mis lecturas veraniegas.

Al repasar sus escritos sobre Belgrano, valga como referencia las instantáneas que escribió para el CCK, no quedan dudas del impacto de las Memorias Póstumas de José María Paz en su acercamiento al personaje.[1] Lo sorprendente, al menos para mí en esta oportunidad, fue “descubrir” cuándo se produjo el encuentro de Javier Trímboli con ese general que tanto marcó su visión sobre Belgrano. Recién en esta reciente lectura de Mil novecientos cuatro… fue que me detuve en los párrafos donde Javier cuenta cuándo compró y leyó por primera vez las Memorias de Paz. No es que estuviera muy oculto; solo que se me había pasado por alto, alcanza con andar una treintena de páginas para dar con el relato de esta confluencia que él mismo definió como trascendental.


Este topetazo que juzgaba tardío, con un texto que consideraba por demás interesante, Javier se lo atribuía al tipo de carrera que se había construido en Filosofía y Letras de la UBA tras el retorno democrático, o lo que muchas veces se menciona como el proceso de profesionalización de la disciplina, que no ofrecía la posibilidad de leer textos como estos. En esta oportunidad no me interesa abordar su frecuente diatriba antiacademicista y, por el contrario, me gustaría reflexionar en lo que le llama la atención de la escritura de Paz. Pero, sobre todo, lo que ya empieza a enunciar sobre Belgrano al retomar la pluma de este oficial revolucionario, luego general unitario y que fue, a su vez, muy crítico de sus contemporáneos.

Las memorias de Paz tienen su origen en la autobiografía inconclusa de Manuel Belgrano. La lectura de lo ocurrido en la batalla de Tucumán y la necesidad de corregir a quien admira, como se apura en aclarar, es lo que lo lleva a escribir sus recuerdos de aquel acontecimiento tan importante de la revolución. Su mirada sobre lo ocurrido allí o en las guerras de la revolución y el accionar de Belgrano en general, está atravesada por el punto de llegada más que el de partida. Con el correr de los años, José María Paz se convirtió en uno de los mejores oficiales que dio el Río de la Plata en el siglo XIX. Por eso, si bien el relato trata de ubicar a un joven teniente de caballería y su desempeño en el marco de las campañas revolucionarias, su narración está teñida de una fuerte mirada retrospectiva construida sobre lo que él llegó a ser: el modelo del militar profesional por antonomasia. No es extraño, entonces, que sus recuerdos estén acompañados por un sinfín de juicios de valor sobre lo hecho por Belgrano, donde la admiración y la crítica se alternan en un equilibrio bastante malicioso.   

Algo de esto se cuela en la percepción de Trímboli. Por supuesto que no llega al punto de Halperín Donghi, en cuyo último libro se pregunta las razones por las cuales Belgrano ocupa un lugar tan importante en nuestro panteón de héroes si, al fin y al cabo, según su perspectiva, no había hecho más que fracasar. Javier está lejos de eso, pero sí le interesa que una de nuestras principales figuras históricas no las haya tenido todas consigo y ese es un costado que le interesa abordar para componer un personaje más complejo, interesante, atractivo y potente en un sentido político. Con esto último quiero decir que sea capaz de despertar interés en el presente, que funcione como un dispositivo según los términos de Agamben.

Uno de los problemas de las efemérides, de la construcción de panteones de héroes, es la ritualización, la repetición constante y ceremoniosa sin lugar para la innovación, que va produciendo un vaciamiento de sentido y quitando todo potencial transformador a aquello que estamos intentando reivindicar a partir de la conmemoración. Por momentos pareciera que solo hubiera lugar para algún tipo de práctica historiográfica anticuaria. ¿Esto quiere decir que a Javier Trímboli le interesaba una historia crítica como la entendía Nietzsche? Creo que no, el proceso de desmitificación ha sido muy útil para la renovación historiográfica, por ejemplo, para desandar la idea de la preexistencia de la nación y cambiar radicalmente nuestra comprensión del fenómeno revolucionario. Pero llevada al extremo puede generar una interrupción, una desconexión total entre pasado y presente capaz de erosionar el sentido de pertenencia a la comunidad política, de cortar ese puente transgeneracional imaginario entre un nosotros y los revolucionarios de 1810. ¿De qué sirve cada 9 de julio recordar que en 1816 no se declaró la independencia de la República Argentina? ¿Nos impulsa esta acción desmitificadora a comprometernos con el futuro de la patria? ¿Al menos a interesarnos por ella?

La idea de repensar a los próceres, a Belgrano en particular, no parece tener tanto que ver con desandar una historia nacional plagada de superhombres como forma de criticar la praxis historiográfica, sino en tratar de recuperar “la política” en el relato de la historia. Y acá política significa la posibilidad de producir un cambio, de impulsar la transformación, de provocar una revolución por el accionar de personas del común, por hombres y mujeres de a pie. Aunque Belgrano era un alto funcionario, hijo de un gran comerciante porteño, nada de eso auguraba el rol que terminaría teniendo en el proceso revolucionario. Para eso resulta necesario volver a pensar cómo se movieron y actuaron en el contexto y realidad que les tocó vivir. Intentando salir de la idea de que todo aquello que hicieron lo realizaron siguiendo una especie de plan maestro que les iba a asegurar un lugar respetable en la posteridad. Quizás por eso Javier haya escrito tanto sobre Belgrano, y retomado con mucha frecuencia a Paz para hablar de él. Su figura le permite recuperar la política como acción transformadora a través de un actor que no las tuvo todas consigo y que fue protagonista, pero que también sufrió a la revolución.

Javier Trímboli con Alejandro Morea

No creo estar de acuerdo con todo lo que pensó, escribió y dijo Javier sobre Belgrano, que es mucho y debería ser recopilado y publicado. A pesar de que trabajamos juntos, que compartimos actividades académicas y de las otras, y que nos vimos muchas veces, nunca me sentí un par suyo. Como muchos de los que rondamos los 40, que no estudiamos con él, pero que lo vimos en el ejercicio de la profesión, tengo una profunda admiración por su trabajo. Por su forma de dar clase, por su capacidad de expresar su mirada sobre el pasado a partir de un juego dialéctico con sus estudiantes, con sus oyentes circunstanciales, con sus lectores, para lo que se apoyaba en libros de historia, pero también en películas y novelas. No para conseguir la aprobación o la complicidad que puede dar invocar un lugar común. Creo que era consciente que lo que hacía, decía y escribía muchas veces generaba incomodidad y eso no lo perturbaba. Todo lo contrario. La incomodidad intelectual podía dar lugar a una respuesta, a un debate, a la construcción política. Extraño los mails de Javier que traían una nota publicada en algún portal o revista que hasta ese momento no conocía para iniciar un intercambio, un debate (sobre Belgrano o lo que fuera) sin importar el tiempo que nos llevase reflexionar y escribir una respuesta.



[1] Las ilustraciones pueden visualizarse en https://palaciolibertad.gob.ar/instantaneas-ilustradas/12616/