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San Martín, Rosas y un sable corvo para la discusión argentina

Ya pasaron algunas semanas de la decisión que tomó el Poder Ejecutivo Nacional de cambiar el lugar de resguardo y exposición del sable corvo de José de San Martín. La simbólica espada fue usada por el prócer durante las campañas de independencia a comienzos del siglo XIX. Se encontraba desde el año 2015 en el Museo Histórico Nacional, donde formaba parte de su muestra permanente. Sin embargo, el decreto 81/2026 del pasado 2 de febrero definió reubicarlo en el ámbito del Regimiento de Granaderos a Caballo para “fortalecer su protección, seguridad y resguardo institucional”.[1] El correspondiente traspaso oficial se realizó pocos días después, en el marco de la conmemoración del 213° aniversario de la Batalla de San Lorenzo. Ese acto contó con un discurso del presidente Javier Milei en el que reiteraba algunas cuestiones presentes en el decreto que se había redactado pocos días antes para argumentar su decisión.

Sable corvo. Museo Histórico Nacional (Crédito de la imagen: Página 12)

El relato histórico en ambos casos es predominantemente parcial. En lo que corresponde al siglo XIX, este repaso, centrado en el devenir del Regimiento de Granaderos, evita detallar las idas y vueltas que el sable en cuestión tuvo durante ese tiempo. Omite, sobre todo, un hecho simbólicamente trascendente: que el derrotero del sable comenzó en la década de 1840, cuando antes de su muerte, San Martín redactó su testamento y decidió obsequiarle la espada a Juan Manuel de Rosas, por entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires y representante de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina. El controversial líder federal recibió la noticia posteriormente a la muerte el Libertador y tuvo consigo el sable en su destierro en Gran Bretaña, luego de 1852. Con su fallecimiento en 1877, el sable quedó en posesión de sus herederos, quienes algunas décadas más tarde, en 1896, decidieron donarlo al -en aquel tiempo- recientemente creado Museo Histórico Nacional.

Varios integrantes de la comunidad de historiadores, distintas voces públicas y hasta los propios descendientes de Rosas reaccionaron a la reciente medida tomada por el Poder Ejecutivo, emprendiendo incluso acciones judiciales.[2] Durante algunos días, la decisión oficial provocó cierta efervescencia en el debate público. Como sucede con casi todo hoy en día, el tema dividió rápidamente las aguas entre los que estaban a favor y aquellos que se oponían a la medida. Como también sucede con la mayoría de las cuestiones que nos atraviesan, la atención dedicada al tema se diluyó tan rápido como emergió otra controversia en nuestros dispositivos.

Quisiera aprovechar el apaciguamiento de la agitación que generó la acción gubernamental para remarcar dos cuestiones históricas a partir del regalo del sable corvo de San Martin a Rosas. Aclaro, en este punto, que mis observaciones se basarán en la correspondencia del prócer una vez finalizada su actuación pública. Este compendio de sus cartas fue editado y publicado por el propio Museo Histórico Nacional a comienzos del siglo XX.[3]En primer lugar, quisiera subrayar algo que viene siendo destacado ya desde hace algún tiempo por la renovación historiográfica.[4] El general, ya retirado, mantuvo una fluida correspondencia con diversas figuras destacadas de América del Sur e incluso recibió a varios visitantes rioplatenses. Ya desde su traslado a Europa en 1823 hasta poco antes de su muerte, en 1850, San Martín no dejó de comunicarse con interlocutores que entendía relevantes. Reportaba acerca de la situación política y social europea (lo preocupaba particularmente el ciclo revolucionario que atravesaba Francia en 1848) y recibía novedades desde distintos puntos del subcontinente. El océano Atlántico fue el escenario de idas y vueltas epistolares –algunas puntuales y otras sostenidas en el tiempo– entre el correntino y personajes tan diversos como su antiguo colaborador y diplomático Tomás Guido, el prócer chileno Bernardo de O´Higgins, el general unitario Juan Lavalle, el presidente peruano Antonio Gutiérrez de la Fuente, el mendocino Vicente Chilavert, el político uruguayo Fructuoso Rivera, el caudillo Andrés de Santa Cruz, entre otras personalidades.

En definitiva, la correspondencia de San Martín lo muestra conectado con la escena rioplatense a lo largo de toda su estadía en Europa. Se escribía con todos los que le escribían. Preguntaba, explicaba, hacía de anfitrión de casi cualquiera que quisiese visitarlo. Añoraba volver a su tierra. Se lamentaba por verse impedido de hacerlo. Defendía en foros y ante distintos interlocutores la libertad de las nuevas naciones americanas frente a distintas intromisiones europeas.

Daguerrotipo de José de San Martín. Museo Histórico Nacional.

Por otro lado, me gustaría destacar que el vínculo epistolar entre Rosas y San Martín se sostuvo durante distintos momentos desde fines de la década de 1830 hasta la muerte del general a mediados de siglo. La correspondencia inició en 1838, cuando San Martín ofreció al gobernador bonaerense sus servicios en defensa de la Confederación en caso de que se desatase una guerra contra Francia, que en ese momento sostenía un bloqueo naval al puerto de Buenos Aires. Sus líneas lo mostraban realmente indignado por la ofensiva europea. En sus cartas, el Libertador señalaba no poder concebir “que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española”.[5] Aunque Rosas aceptó su ofrecimiento, finalmente no se materializó porque la guerra se evitó. Desde Buenos Aires, el gobernador aprovechaba también para invitarlo a retornar al Río de la Plata.

Poco tiempo después, el líder federal nombró al Libertador como ministro plenipotenciario de la Confederación Argentina en el Perú.[6] Pero la designación diplomática fue declinada por dos motivos. Primero, porque no se sentía preparado para desempeñar el cargo.[7] Además, porque San Martin contaba con una pensión vitalicia por parte de ese país y consideraba que no tendría la moralidad necesaria para representar a la Confederación “ante un Estado a quien soy deudor de favores tan generosos”.[8]El contacto fue retomado en 1845, cuando Rosas lo mencionó en uno de sus mensajes anuales frente a la Sala de Representantes bonaerense. Al enterarse, San Martín le escribió para agradecerle. En sus líneas se lamentaba por no poder ofrecer sus servicios ante un nuevo bloqueo naval, ahora emprendido conjuntamente por Francia y Gran Bretaña. Aunque la salud del héroe de la independencia comenzaba a abandonarlo, seguía escribiéndole al representante de las relaciones exteriores de la Confederación. Nostálgico, le señalaba que “sus triunfos son un gran consuelo para mi achacosa vejez”.[9] Rosas le respondía con cumplidos y homenajes, en privado y en público. Ante los agradecimientos de San Martin por ser tenido en cuenta de manera frecuente en los mensajes anuales del gobernador, este le replicaba: “¿cómo quiere usted que no lo hiciera, cuando aún viven entre nosotros sus hechos heroicos, y cuando usted no ha cesado de engrandecerlos con sus virtudes cívicas?”[10] Poco tiempo después, quizá compadeciéndose del estado de salud del prócer, Rosas nombraba a su yerno, Mariano Balcarce (quien era esposo de la hija del Libertador) como diplomático a cargo de la misión de la Confederación en Francia. La acción fue agradecida efusivamente por San Martín, que ya transitaba sus últimos meses de vida. Balcarce, quien vivía con él, mejoraba su ingreso. 

Carta de San Martín a Rosas (mayo de 1850). Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas

Consolidada a través de cartas, la sintonía entre ambos era tal que el general había decidido que el sable quedase en manos del caudillo de Buenos Aires al momento de su muerte. El respeto y admiración eran mutuos: de Rosas a San Martin por las heroicas batallas para enfrentar al enemigo realista y expulsarlo del subcontinente, de San Martin a Rosas por la valentía para sostener la postura de la Confederación frente a las invasiones francesa y anglofrancesa durante las décadas de 1830 y 1840. Sorpresivamente, Rosas no estuvo al tanto de que había heredado el sable hasta luego de la muerte del General, en 1850, cuando el propio Balcarce se lo comunicó.[11] Aunque no lo había buscado, su vínculo con el Libertador había colaborado en definir el destino del arma.

Como objeto histórico, como reliquia nacional, como motivo de debate público, el sable corvo representa el devenir de los Granaderos a Caballo. Pero simboliza mucho más que eso: su derrotero, resultado del estrecho vínculo entre Rosas y San Martin, muestra a dos figuras históricas preocupadas y ocupadas por sostener y consolidar la soberanía de las Provincias Argentinas frente al resto del mundo. La conexión, lejos de ser ocasional, explica la decisión que tomó San Martín a la hora de testarlo. Recuperar esta relación es importante porque refleja la complejidad de las vinculaciones entre los personajes y de la propia historia argentina.


[1] Disponible en: https://www.boletinoficial.gob.ar/detalleAviso/primera/338115/20260203

[2] https://www.revistaanfibia.com/los-herederos-de-rosas-al-rescate-del-sable-de-san-martin/

[3] San Martín. Su Correspondencia 1823-1850. (Editorial América, 1910).

[4] Especialmente por la labor sostenida de revisión de la figura sanmartiniana emprendida hace algunos años por la historiadora Beatriz Bragoni. Un resultado notorio de este trabajo es Beatriz Bragoni, San Martín (EDHASA, 2022). Es particularmente recomendable la lectura del capítulo VI, que aborda el detalle del ostracismo de San Martín en Europa.

[5] San Martín…, 128.

[6] San Martín…, 129.

[7] "Ni mi educación ni instrucción las creo propias para desempeñar con acierto un encargo de cuyo buen éxito puede depender la paz de nuestro suelo". San Martín…, 130.

[8] San Martín…, 130.

[9] San Martín…, 138.

[10] San Martín…, 140.

[11] Jorge María Ramallo, Historia del Sable de San Martín (Instituto Nacional Sanmartiniano, 2006), 28.