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Crítica de The American Revolution, lo nuevo de Ken Burns

En noviembre del año pasado se estrenó The American Revolution, el nuevo documental de Ken Burns, acaso uno de los mejores documentalistas de la televisión estadounidense –y sin dudas el mejor cuando se trata de narrar la historia. La serie, estrenada a 250 años de la revolución en las Trece Colonias, consiste en seis episodios de dos horas de duración cada uno y fue financiada, como todos los proyectos de Burns, por la PBS (Public Broadcasting System), el sistema de medios públicos norteamericano.

Un cuarto de siglo después de The Civil War, y a casi una década de que llegara a una especie de estrellato con The Vietnam War gracias a la masividad que alcanzó en Netflix, Burns sigue apostando a grandes producciones audiovisuales, sin temor a que la duración de los capítulos actúe como un elemento disuasorio para el público. En tiempos donde quienes se dedican a la divulgación de la historia buscan mecanismos y alternativas novedosas para atraer audiencias, el director sigue apostando a lo que le funcionó durante toda su carrera.

Durante la semana de su estreno, The American Revolution pasó a ser objeto de debate en las redes por su presunta tergiversación woke del mito fundacional de los Estados Unidos. Desde ya que estos cuestionamientos provinieron de un sector alineado con la derecha conservadora seguidora de Trump, sobre quien Burns en diferentes entrevistas no ahorró críticas. En cuanto a los números de rating, la serie llegó a estar en el top 10 del streaming estadounidense, posición extraordinaria para un contenido documental que se mide frente a series de éxito masivo. Sin embargo, un dato de esa misma medición revela que su audiencia fue mayormente adulta: un 59% de sus consumidores fueron personas de más de 65 años.[1]A pesar de este éxito y de toda la expectativa que generó, The American Revolution no parece estar a la altura de otras obras magistrales de Burns. Claro que esto no significa que sea mala ni que no recomiende su visionado, pero lo cierto es que por momentos parece faltarle algo. The American Revolution es un proyecto producido durante una década y que la PBS lanzó con todo. En su página web es posible encontrar muchísimo material complementario, fragmentos de los episodios, mapas, trivias, recursos para utilizar en clase,[2] entre otras cosas que hacen del proyecto una intervención de lleno en el campo de la historia pública.[3]En lo referente a la artística y la producción, la obra es simplemente excepcional. Esta es la primera vez que una producción de Burns se remonta a un acontecimiento de la era prefotográfica. Tanto en The Civil War como en The West (en la lista podríamos agregar Prohibition), dos series situadas en un contexto prefílmico, la fotografía era el principal recurso visual del director. El problema es sorteado, en esta ocasión, por las recreaciones –una práctica bastante habitual en la tradición estadounidense– que Burns explota al máximo: múltiples individuos, de uno y otro bando, son tomados desde diferentes perspectivas en batalla, reposando, comiendo, marchando, o haciendo diferentes tareas cotidianas en el marco de la guerra. A ello se suman, por supuesto, las pinturas y retratos junto a imágenes filmadas de diferentes locaciones donde sucedieron los eventos narrados, la mayoría de entornos naturales. La serie hace un uso muy prolífico de los mapas que sirven una y otra vez para situar al espectador en tiempo y espacio, la ubicación de los ejércitos a nivel continental y la formación en los momentos de las batallas. La mayoría son mapas históricos, aunque la incorporación de herramientas digitales permite detalladas y muy ricas visualizaciones tridimensionales. Buena parte de la pantalla la ocupan las entrevistas. Más de una veintena de historiadores e historiadoras intervienen a lo largo de los seis episodios para complementar la narración en off. La mayoría de ellos pertenecen a universidades e institutos estadounidenses y muchos también al mainstream de la divulgación histórica (como Alan Taylor o Joseph Ellis) pero también se encuentran referentes destacados a nivel internacional como el británico Stephen Conway o Bernard Bailyn (quien falleció en 2020).

Ahora bien, si desde lo estético es excelente, el contenido es más irregular. Probablemente el principal problema de The American Revolution sea que su título no es consistente con su desarrollo. El núcleo central de la serie no es la revolución, sino la guerra. Mucho más atinado sería titularla The American Revolutionary War o The American Wars for Independence, aunque quizás ello le hubiera concitado menor audiencia.

El hilo conductor en la producción de Burns vuelve a ser la guerra, un terreno que el director sabe narrar a la perfección. El esqueleto de los seis capítulos son las batallas y los conflictos que atravesó el Ejército Continental, con la excepción del primero que funciona como un prólogo que se inicia en la Guerra de los Siete Años hasta el estallido de la revolución. En los episodios restantes, Burns nos lleva a conocer al detalle todas las conflagraciones que enfrentaron Washington y sus hombres. Por supuesto que no está mal dedicarle espacio a lo bélico, pero por momentos aquello pierde sentido si no se lo sitúa en una mirada general del contexto revolucionario.

Sabemos que hay un Congreso Continental, pero solo cuando se le dedican unos minutos a la declaración de la independencia, cuando se designa a Washington general en jefe o cuando se trata, en suma, de analizar lo sucedido en ese cuerpo en relación a los problemas materiales del ejército. También sabemos que hay milicias, pero la serie no alcanza a explicar su grado de relevancia, su composición ni el papel que juegan en la revolución. Poca atención se le entrega, por otra parte, a cuestiones de índole económica o del mundo de las ideas. Las referencias en este sentido se limitan a intervenciones de John Adams, de Thomas Jefferson o de Thomas Paine, cuyos escritos en Common Sense fungen como una especie de fundamento para la causa que no alcanza a evitar caer en la linealidad de la revolución simplemente como un levantamiento contra los impuestos de la Corona.

En contraposición, la faceta social de la guerra revolucionaria figura casi en primer plano. Podríamos decir que The American Revolution es una serie que atiende a cuatro cuestiones: la guerra, la historia de los esclavos, la de las naciones indígenas y la de las mujeres. Todos los episodios recuperan cómo estos grupos se involucraron, reaccionaron o se adaptaron al nuevo escenario. Está claro que en este sentido Burns incorpora en su trabajo toda una serie de estudios producidos en las últimas décadas que ampliaron el horizonte del saber histórico para evitar caer en la narración densa de una historia militar. Indagar en estos sectores resulta, a la vez, algo positivamente incómodo cuando se intenta conmemorar el 250° aniversario del nacimiento del “mundo libre”. Esto resulta menos embarazoso para el caso de las mujeres, cuya situación se ilustra a partir de los escritos de Abigal Adams, Mercy Otis Warren (una poeta y escritora destacada en el proceso y considerada como la primera historiadora norteamericana) o de Betsy Ambler (una adolescente de Virgina que escribió un diario al calor de los eventos). Pero no así para el caso de los otros actores mencionados.

A lo largo de los episodios, la serie y las intervenciones de los entrevistados destacan las contradicciones entre una revolución hecha en nombre de la libertad cuyo lema era que todos los hombres eran iguales frente a lo que efectivamente sucedía en el espacio norteamericano. En este sentido, la obra no oculta que la mayoría de los esclavos que pudieron elegir un bando lo hicieron por el lado británico, que para los nuevos Estados no estaba en juego el régimen de la esclavitud y que una vez finalizada la guerra, una de las pujas entre patriotas e ingleses fue, justamente, revertir el estatus de los negros que habían sido liberados por las fuerzas del rey durante la lucha y que debían ser devueltos a sus antiguos amos, condición que fue reclamada por George Washington.

Algo similar sucede con las comunidades indígenas, cuya participación merecería un análisis detallado nación por nación que la serie no puede realizar. Sin embargo, durante los episodios esta tensión es explicada con solvencia y es posible advertir cómo las diferentes comunidades se reacomodaron en el escenario de acuerdo a sus intereses y prioridades. Esto sucedía porque si bien la guerra de independencia se daba mayormente hacia el este entre realistas y revolucionarios, la obra deja bien en claro que eran sobre todo los segundos quienes tenían un ojo colocado sobre la frontera oeste. Así, lo que para unos era un conflicto independentista, para otros era una amenaza latente sobre sus territorios; amenaza que –como sabemos– se concretaría en el devenir del siglo XIX.

Si volcamos la mirada sobre la guerra, el relato muchas veces refiere a una historia militar tradicional. Movimientos de regimientos, tácticas, narraciones de batallas, números de bajas, entre otras cuestiones son reflotados una y otra vez a lo largo de los episodios. Pero junto a ello, Burns torna la mirada sobre otras cuestiones, en donde prima el estado material del Ejército Continental (con la dificultad para mantener alimentada y vestida a la tropa y la incapacidad del Congreso para financiarlo con papel moneda); la participación femenina en la asistencia; el problema de las deserciones y los motines; o los contratiempos que se presentaban para el reclutamiento. Para dar carnadura a esto, se recurre no solo a las palabras de Washington u otros oficiales destacados, sino que traza también una mirada a ras del suelo, dándole voz a los pocos soldados alfabetizados que dejaron sus escritos, como John Greenwood, un clarinete de Boston que participó en la guerra desde 1775, realizó el mítico cruce del río Delaware junto a Washington y luego se unió a un corsario para ser detenido en el Caribe;[4] o Joseph Plumb Martin, un adolescente de 15 años que se unió a la milicia de Connecticut y un año después ya integraba las filas del Ejército Continental, en donde serviría hasta la definitiva derrota británica en 1781.[5] Todo esto permite pintar un cuadro bien completo de una guerra cuya naturaleza la serie problematiza. Porque si aquella fue una guerra de independencia es porque fue –ante todo– una guerra civil, donde los americanos se enfrentaban entre sí dado que el posicionamiento ante la revolución estaba lejos de ser ecuánime. Y como toda guerra civil, la violencia que ella encarnaba era extrema, como la serie se encarga de ilustrar. Pero además de ser una conflagración entre americanos –y también, por supuesto, entre británicos–, Burns y los historiadores que intervienen se encargan de situar al proceso en un marco general y en una “guerra global” desde el ingreso de las fuerzas francesas en 1777 en favor del bando patriota. El documental es bien claro en este punto. Al destacar la participación francesa, las intervenciones españolas en el sur tratando de sacar provecho de la coyuntura, la incorporación de las tropas alemanas y el panorama de la monarquía británica a un lado y el otro del Atlántico, el relato permite entender, al mismo tiempo, a lo acontecido en las Trece Colonias como un frente de batalla más en un escenario global de conflagraciones imperiales.

En suma, el saldo de The American Revolution es sin dudas positivo. El escenario es propicio para lanzarlo, no solo porque cualquier aniversario es un momento ideal para volver sobre la efeméride y repensar el pasado, sino porque se da en el marco de unos Estados Unidos con una política interna tensionada al máximo y con un poder con apoyos cada vez más radicalizados y sostenidos en un supremacismo que si nunca dejó de existir, pocas veces alcanzó tal nivel de aceptación en las últimas décadas. En este sentido, la obra de Burns es un trabajo sin dudas osado. Y lo es también porque en tiempos de consumos efímeros y una tiktoktización del contenido, apuesta nuevamente por un trabajo de larga duración que invita a la reflexión y, por qué no, al disfrute de la historia.